domingo, 9 de diciembre de 2012

Nuestra película



Debería estar claro que no son los acontecimientos exteriores los que marcan el color de nuestra vida. Somos nosotros los que, al procesar el exterior, nos estresamos, entristecemos, y  encolerizamos o nos alegramos, nos sentimos dichosos o afortunados, y esto la hacemos  contándonos la película de determinada manera.
 Entender esto es imprescindible para poder ser dueño de la propia vida.
Decía Epicteto de Frigia “Lo que inquieta al hombre no son las cosas, sino las opiniones acerca de las cosas”, y es cierto, es nuestro filtro mental el que nos hace ver la vida como cielo o infierno. Si no fuera así, circunstancias semejantes en dos sujetos distintos darían lugar a estados de felicidad semejantes en esos sujetos, y sabemos que no es así. ¿Queréis un ejemplo?
¿Qué significa un cubo de agua para cualquiera de nosotros, occidentales que contamos con una red de suministro  de agua en nuestras casas? ¿Qué nivel de felicidad nos produce? Casi nos sonreímos al intentar sopesar qué nivel de felicidad nos produce, como si la palabra felicidad quedara demasiado grande para un triste cubo de agua.
¿Qué significado tiene ese mismo cubo en una familia etíope, en la que cada mañana una de las tareas principales es caminar una media de 5 km para traer agua?
No es el cubo de agua en sí lo que produce felicidad o indiferencia, del mismo modo que no es la escasez o abundancia de riquezas lo que produce la infelicidad o la dicha, y no es la muerte en sí lo que produce tristeza.
Cada una de nuestras emociones es producto de nuestra propia interpretación de los hechos, que su vez viene influida por nuestras vivencias, nuestras creencias, y nuestra educación. Si somos conscientes de ello también somos dueños, somos directores de nuestra película, podemos elegir si queremos comedia o drama, si queremos vivir con ligereza, o con sentido trágico. Disfrutarla o sufrirla.