Debería estar
claro que no son los acontecimientos exteriores los que marcan el color de
nuestra vida. Somos nosotros los que, al procesar el exterior, nos estresamos,
entristecemos, y encolerizamos o nos
alegramos, nos sentimos dichosos o afortunados, y esto la hacemos contándonos la película de determinada manera.
Entender esto es imprescindible para poder ser
dueño de la propia vida.
Decía Epicteto
de Frigia “Lo que inquieta al hombre no
son las cosas, sino las opiniones acerca de las cosas”, y es cierto, es
nuestro filtro mental el que nos hace ver la vida como cielo o infierno. Si no
fuera así, circunstancias semejantes en dos sujetos distintos darían lugar a
estados de felicidad semejantes en esos sujetos, y sabemos que no es así. ¿Queréis
un ejemplo?
¿Qué significa
un cubo de agua para cualquiera de nosotros, occidentales que contamos con una
red de suministro de agua en nuestras
casas? ¿Qué nivel de felicidad nos produce? Casi nos sonreímos al intentar sopesar
qué nivel de felicidad nos produce, como si la palabra felicidad quedara
demasiado grande para un triste cubo de agua.

No es el cubo
de agua en sí lo que produce felicidad o indiferencia, del mismo modo que no es
la escasez o abundancia de riquezas lo que produce la infelicidad o la dicha, y
no es la muerte en sí lo que produce tristeza.
Cada una de
nuestras emociones es producto de nuestra propia interpretación de los hechos,
que su vez viene influida por nuestras vivencias, nuestras creencias, y nuestra
educación. Si somos conscientes de ello también somos dueños, somos directores
de nuestra película, podemos elegir si queremos comedia o drama, si queremos
vivir con ligereza, o con sentido trágico. Disfrutarla o sufrirla.