Salir de esa habitación puede ser tan
sencillo como respirar. Respirar y observar cómo es tu respiración,
cómo es de rápida o de lenta, cómo es de alta, ¿en las clavículas
o en el vientre? ¿cómo es el aire que entra y cómo el que sale? ¿fresco, cálido?, ¿cómo es la sensación cuando atraviesa tu
nariz? ¿por cuál de tus fosas nasales dirías que entra más aire?
Cuando vuelvas a entreabrir la puerta de la habitación, comprobarás cómo la tormenta ya está amainando, y cada vez que vuelvas a salir a respirar, verás que se va calmando más y más.
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