miércoles, 15 de abril de 2015

El cuidado de una misma

A través de los cursos de Auto Relajación Consciente tengo la oportunidad de conocer personas admirables, bastantes más mujeres que hombres (no porque los hombres no lo sean sino por que acuden muchos menos), y encuentro un patrón común a casi todas ellas (casi todas nosotras) que me llama la atención.
Me encuentro con madres, personas muy válidas, con mucha formación, rigurosas en su trabajo, muy exigentes consigo mismas y curiosamente, extrañadas por su alto nivel de estrés, y un poco culpables por ello, como si estuvieran haciendo algo mal, o fueran “poco capaces”.
Me gusta hacer notar a estas personas que están desempeñando en su vida más de un rol, y además se exigen hacerlo brillantemente.
Pretendemos ser buenas profesionales, buenas madres, buenas gobernantas del hogar ( y estas dos últimas no son la misma cosa)...Cada uno de estos roles requiere un número de horas de dedicación que sumando, superan sin duda las 24.
Pero el estrés no parece venir tanto de la ingente cantidad de obligaciones con las que nos cargamos, sino de la exigencia de desempeñarlas sin fallos, sin fisuras, sin cansancio, o sin mal humor; y probablemente también de no tener una perspectiva de que esta exigencia sea algo puntual o temporal para la que se podría hacer un esfuerzo también puntual o temporal, sino que, como así es, se trata de una situación permanente, en la que hay una carencia llamativa, a veces estruendosa, a la que solemos ser sordas: el cuidado de una misma.
Tenemos tiempo para cualquiera que se acerque a pedirnos algo, pero muchas veces no somos capaces que sacar ni 2 ó 3 minutos para tomarnos un respiro, o hacer una relajación al día. Anteponemos el cuidado de los demás al nuestro, buscamos la excelencia en todo lo que hacemos sin pararnos a pensar en el valor de nuestro propio bienestar, y cuando algo no sale bien, nos culpamos, y nos criticamos.
Nos estamos olvidando de algo muy importante: para poder cuidar, hay que cuidarse. Cualquiera que haya viajado en avión habrá escuchado las instrucciones que se dan a las personas que viajan con niños: “póngase usted la máscara primero y después póngasela al niño”.

Quizá sería bueno un poco de comprensión de la difícil tarea a la que nos enfrentamos, unas palmaditas de reconocimiento por la gran labor realizada, un premio de vez en cuando, y el respeto diario e incondicional por todo lo que hacemos. Y todo eso sólo tendrá valor si viene de nosotras mismas, de nuestra propia determinación

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